Terapias de tercera generación
- Constanza Martinez
- 14 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 9 ene

Un poquito de historia: ¿De donde vienen este tipo de terapias?
Surgieron a partir de los años 80-90, como una evolución de la terapia cognitivo-conductual clásica. Aparecieron para ampliar su enfoque y responder a algunas de sus limitaciones clínicas. A medida que el trabajo terapéutico se fue profundizando, muchos profesionales notaron que no siempre el cambio pasa por “pensar distinto”, y que la relación que tenemos con lo que pensamos y sentimos es tan importante como el contenido en sí.
Antecedentes: primera y segunda generación:
Para entender el surgimiento de estas terapias, es útil mirar brevemente el camino previo:
Primera generación (años 50–60): Terapias conductistas (Skinner, Pavlov). El foco estaba en modificar conductas observables, sin atender demasiado a los procesos internos.
Segunda generación (años 70–80): Terapias cognitivas (Beck, Ellis). Se introduce la idea de que los pensamientos influyen en las emociones y conductas, y que modificarlos reduce el malestar.
El punto de inflexión
Con el tiempo, muchos clínicos observaron que:
No siempre es posible cambiar pensamientos.
Intentar controlar o eliminar emociones intensas podía aumentar el sufrimiento.
Algunos pacientes mejoraban más cuando aprendían a aceptar su experiencia interna y actuar con sentido, incluso con malestar presente.
Esto abre la puerta a una nueva mirada... Las terapias de tercera generación.
¿Cuáles son?
ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) – Steven Hayes
DBT (Terapia Dialéctico-Conductual) – Marsha Linehan
MBCT (Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness) – Segal, Williams y Teasdale
CFT (Terapia Focalizada en la Compasión) – Paul Gilbert
¿Cómo trabajo este enfoque en consulta?
En mi práctica clínica trabajo principalmente con personas que atraviesan problemáticas como trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad, rumiación constante, dificultades en la regulación emocional, autoexigencia elevada y estados de malestar sostenido, donde la lucha con los pensamientos y emociones termina amplificando el sufrimiento.
Desde las terapias de tercera generación, el foco no está puesto en eliminar lo que la persona siente o piensa, sino en modificar la relación que establece con su experiencia interna.
En el espacio terapéutico trabajamos, de manera progresiva y personalizada, en:
Identificar y observar pensamientos (por ejemplo, sobre comida, imagen corporal, miedo, culpa o anticipación) sin tomarlos como verdades absolutas ni actuar automáticamente en función de ellos.
Desarrollar flexibilidad cognitiva, cuestionando patrones rígidos de pensamiento y habilitando nuevas formas de interpretar las situaciones internas y externas.
Reducir la evitación emocional, desarrollando mayor capacidad para permanecer con sensaciones, emociones y estados internos difíciles sin necesidad de controlarlos o suprimirlos.
Entrenar la atención plena para volver al cuerpo y al momento presente, especialmente cuando la mente queda atrapada en rumiaciones o mandatos internos.
Clarificar valores personales y acompañar la toma de decisiones cotidianas alineadas con aquello que le da sentido a la vida de cada persona, aun en presencia de malestar.
El objetivo del proceso no es “dejar de sentir”, “pensar en positivo” ni controlar la mente, sino aprender a sostener lo que aparece sin quedar atrapados en ello, ampliando la libertad de acción y la coherencia con los propios valores.



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