Terapia cognitivo-conductual
- Constanza Martinez
- 29 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 20 dic 2025

Un poquito de historia: ¿De donde viene la TCC?
Nació de la combinación de dos grandes corrientes: el conductismo (centrado en el comportamiento observable) y el cognitivismo (enfocado en los procesos mentales).
Primero vino la terapia conductual, a mediados del siglo XX, basada en los principios del aprendizaje. Se centraba en cambiar conductas problemáticas a través de refuerzos, exposición, etc. Pero en los años 60, Aaron T. Beck, un psiquiatra estadounidense, observó que muchos pacientes con depresión tenían patrones de pensamiento negativos y automáticos. Empezó a trabajar con ellos para identificar y cuestionar esos pensamientos, y así nació la terapia cognitiva.
Más tarde, se unieron ambos enfoques: el trabajo con pensamientos y con conductas. Así se consolidó la terapia cognitivo-conductual como la conocemos hoy. Desde entonces, la TCC se ha expandido, adaptado a distintos trastornos y contextos, y se convirtió en una de las terapias más investigadas y validadas científicamente.
¿Para qué trastornos o problemas es efectiva?
Este tipo de terapia es una de las que más respaldo científico tiene, ya que se basa en evidencia empírica e investigaciones revisadas que analizan cómo y en qué contextos funciona, utilizando el método científico. Se ha demostrado su eficacia mayormente en el tratamiento de:
Ansiedad
Depresión
Fobias
Trastornos obsesivos
Trastornos alimentarios
Estrés
Problemas de autoestima
Dificultades en relaciones
¿Qué herramientas se usan en estas terapias?
La TCC es muy práctica. En terapia vas a trabajar con ejercicios, registros de pensamientos, técnicas de relajación, exposición progresiva a miedos o situaciones evitadas, reestructuración cognitiva y más. Es un proceso activo, colaborativo y orientado a objetivos concretos.
No se trata solo de hablar, sino de comprender, experimentar y entrenar nuevas formas de pensar, sentir y actuar.
¿Cómo trabajo la TCC en mis sesiones?
En mi forma de trabajar, la psicoeducación ocupa un lugar importante.
Entender qué nos pasa es una parte fundamental del proceso terapéutico. Por eso, en sesión no solo trabajamos sobre lo que sentís o pensás, sino que también aprendés cómo funciona tu mente, tus emociones y tus respuestas conductuales.
Cuando una persona comprende su propio funcionamiento interno, deja de verse como “el problema” y empieza a observar lo que le pasa con más distancia, curiosidad y autocompasión.
La psicoeducación permite que la terapia no quede limitada al espacio del consultorio. La idea es que te lleves claridad, lenguaje y herramientas para aplicar en tu vida cotidiana, fortaleciendo tu autonomía y tu capacidad de autorregulación. Desde ahí, el trabajo cognitivo-conductual se vuelve más consciente, más flexible y más sostenible en el tiempo.



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